Cultura

Una novela por entregas: Octavo capítulo de 'La escala de colores entre el cielo y el infierno'

Una novela por entregas: Octavo capítulo de 'La escala de colores entre el cielo y el infierno'

Por Juan José Roca Rey

Recibí tu carta y por eso te respondo de la misma manera.

Al comienzo no entendí por qué me escribiste a mano, teniendo mi número y pudiendo llamarme. Pero ahora que te escribo, me doy cuenta de que es una buena manera para desahogarse sin que nos interrumpamos. Creo que necesitábamos botar todo lo que nos guardábamos. Es mejor así, siento que me relaja.

Leí tu carta una y otra vez, llegando a la conclusión de que no tienes por qué disculparte. Nunca hiciste nada malo. No es tu culpa que mi papá me haya tratado mal toda la vida. A ti te trataba bien y yo debería estar feliz por ti. Pero es que no soporté la idea de sus manos tocándote.

¿Recuerdas que de niños nos llevaba a pescar a Pucusana?

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Estacionábamos en Naplo, para luego subirnos a un peque-peque. Me encantaban esos paseos en bote, cuando cada uno colocaba su cabeza lo más cerca posible del agua y recibíamos la brisa del mar en la cara. Me acuerdo que una vez me caí haciendo esto y mi papá me abofeteó hasta que empecé a llorar. Pero tú parecías no darte cuenta de lo que pasaba, lo mirabas como si fuese tu cantante favorito. Regresamos al muelle para comprarme ropa y, burlándose, me compró un vestido de mujer fosforescente, obligándome a usarlo para que puedan encontrarme por si volvía a caerme cuando oscurezca.

Mi papá tenía una gran habilidad para tirar el anzuelo, lo hacía dándole mil vueltas en el aire y llegaba exactamente adonde picaban los peces. Tú le aplaudías cada vez que pescaba uno y yo intentaba imitarlo, pero me era imposible llamar tu atención. Así que, pasando desapercibido, empecé a robarme algunos pescados de su cesta para ponerlos en la mía. Lamentablemente, me descubrió y esta vez él me tiró al mar. En esta ocasión dijo que mi vestido de color chillón atraería más peces y se rio a carcajadas. Pero tú no te reíste; por el contrario, me ayudaste a subir al bote y empezamos a jugar juntos tocándoles los ojos a los pescados. Fue ahí cuando me miraste por primera vez en todo el día. Todo había valido la pena, David había vencido a Goliat. Todos los días con él eran una guerra para mí.

Pero bueno. Mejor te cuento sobre lo que hice hoy.

Estuve en un café, de esos que te hacen ir a servirte el azúcar y algunas otras cosas por ti solo. No entiendo. Son más caros, hacen menos por uno y aun así te ponen una vasija enfrente con un letrero enorme que dice “propinas”. ¿Quién deja una propina en un lugar en el que uno tiene que servirse las cosas por su cuenta? Y, para colmo, solo te sonríen si te ven dejándoles algo. En fin, regresando pensé mucho en mis años en Oxapampa y en la paz que me traía ese lugar y luego recordé a mi papá. Me acordé de cuánto se quejaba de las cosas y lo desesperado que vivía buscando alguna salida de su vida. Me di cuenta de que este no era feliz, que sus palabras y golpes me hundieron muchas veces, pero ahora sé que lo hacía para desquitarse con alguien. He llegado a la conclusión de que ya no existen razones para seguir peleando en su contra. Me he sentido solo toda la vida, pensando que era yo el culpable y alejando a las personas. Pero ahora que ya no está, siento que puedo comenzar de nuevo.

Te cuento que tengo un nuevo amigo en la pensión, se llama Eduardo. Sí sé lo que debes estar pensando: ¿Nicolás ha hecho un amigo? Pero sí. A pesar de ser muy hablador, me cae bien y es de los que les gusta tomar, así que no ha sido mala compañía. El otro día, Eduardo me resondró por la manera en que estaba desperdiciando mi vida trayendo cosas negativas del pasado. Clásico de Eduardo, solo dice las cosas cuando le conviene. Pero si supieras las veces que he tenido que escucharlo hablar sobre sus problemas existenciales.

Ahora que lo pienso, algo de razón tiene, porque no he estado muy bien desde que te fuiste. Tengo que reconocer que gracias a él te estoy escribiendo esta carta.

Me parece una buena idea comunicarnos así, sin vernos o escucharnos por un tiempo. Creo que necesitaba un respiro de todo lo que me pasó.

En fin, te escribo para preguntarte cómo has estado. Y decirte que espero que estés bien y que me perdones por todos los meses que he dejado pasar sin responderte.

Espero saber de tu vida pronto.

Te quiere,

Nico

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