Opinión

Carta a Pancholón (II)

Carta a Pancholón (II)

El Chato Matta siempre me cuenta sus historias con su amigo Pancholón y me hace reír. “María, la semana pasada no pude terminar de contarte el ‘culebrón’ que viví con el abogado mujeriego. Todo comenzó cuando una misteriosa chica me llamó a mi celular: ‘Chatito, no sé si te acuerdas de mí. Soy Jocelyn, una de las tantas mujeres de tu amigo Pancholón.

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Siempre fuiste un caballerito y quiero pedirte un gran favor, te voy a mandar a tu wasap un encargo para ese gordo’. Cuando le mostré el mensaje a Pancho, se puso blanco. Del nombre de la chica no me acordaba, pero me mostró una foto antigua, él y una guapa flaquita abrazados como dos tiernos enamorados en la famosa ‘Trinchera’. Ahí recién la recordé porque el abogado ha sido tan travieso que ahora no puede orinar bien porque la próstata la tiene como una pelota de tenis.

En esos años, Jocelyn estaba casada con un vaporino al que llamábamos ‘Popeye’, quien paraba viajando por el mundo y los dólares que le mandaba a su amada esposa, ella se los gastaba en tremendas juergas con Pancholón. Lo malo es que Jocelyn perdió la cabeza, al punto de que en un arranque de locura abandonó a su esposo pensando que el gordito iba a vivir con ella.

Esa carta golpeó el corazón de mi amigo, quien ya estaba movido porque nos habíamos bajado media botella de Cartavio XO. Lo peor de la carta era el final: ‘Eres una porquería, Pancho. Nunca conocí a un hombre tan sucio y perro, que no ama a nadie. Tampoco te vendas como gran amante, porque si hablo más te dejaré peor que a ‘Ricolás’. Sé que vas a terminar viejo y solo, y al final vas a arder en el infierno por cochino'. Después de tomar un trago largo de ron, el abogado dijo su verdad: ‘Chato, tú eres mi hermano, reconozco que hice daño a muchas mujeres. Soy como Héctor Lavoe. Todos me ven con mujeres y en fiestas, pero nadie sabe la pena que llevo por dentro.

A los catorce años, una prima mayor me hizo perder la virginidad, al meterse a mi cuarto mareada. Lo peor es que me enamoré y ella me relojeaba, hasta que un día se apareció con un policía, era su novio y vino a entregarme el parte de su matrimonio. Eso me rompió el corazón. Desde ese día me volví ‘podrido’. Luego, cuando ya estaba en la universidad, me enamoré de nuevo, de la morocha más bella de San Martín de Porres, mi antiguo barrio. Una noche, en que regresaba temprano de la universidad, fui a su casa.

Toqué el timbre y salió su mamá. ‘Señora, ¿está Rosita? No, no está’, pero yo ya había visto que se escondía detrás de un cholón. Lo reconocí al toque: ¡¡Era el cholo Huaraca, el de la televisión!! ¡¡Ese viejo es casado, grité!! La vieja alcahueta me botó. ‘Pancho, lo nuestro se acabó para siempre, tú no me ofreces nada serio, solo sanguchones y tragos misios, yo estoy para mucho más’, me dijo Rosita. Chato, sentí que me clavaron un puñal. Esa noche me emborraché y lloré solo. Desde ahí juré por mi madrecita no llorar ni sufrir por ninguna mujer. Pido perdón por ellas, aunque mal paguen. Salud'”. Pucha, ese cochino y sinvergüenza de Pancholón debería ir al psiquiatra. Me voy, cuídense.