Opinión

Lo que el viento se llevó

Lo que el viento se llevó

Este Búho asiste a la polémica mundial desatada por la cadena HBO Max, tras sacar de su catálogo a la clásica y galardonada película ‘Lo que el viento se llevó’ (1939), basada en la novela homónima no menos célebre de Margaret Mitchell, publicada en 1936. Este veto fue a pedido expreso del escritor, director y guionista de cine John Ridley (libretista del filme ’12 años de esclavitud') por considerarla ‘racista’. Aunque HBO Max ha vuelto a colocar el largometraje en su plataforma, con una introducción aclaratoria innecesaria, la medida inicial generó protestas de escritores como Mario Vargas LLosa, quien consideró que con ese veto ‘se vulnera la libertad de expresión en Estados Unidos’. Este columnista observa que en estos ríos de tinta poco se ha escrito sobre la autora del libro que da vida a la película, ahora puesta en la pira de la hoguera por los ‘políticamente correctos’.

A Mitchell, para el gran público estadounidense, desde que salió a la luz la novela, se le etiquetó por cuestiones de marketing como un ‘ama de casa’ que logró vender la asombrosa cifra de 1.5 millones de libros en solo un año, convirtiéndose en el primer ‘bestseller’ de la literatura norteamericana. Ella construyó el deslumbrante, valeroso y polémico personaje de la heroína a su semejanza, aunque nunca lo reconoció. Así, con estas contundentes frases se iniciaba la narración: ‘Scarlett O’Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo’.

El melodrama fue solo el pretexto para retratar todo ese mundo perdido que le habían relatado sus padres y abuelos. Una mirada nostálgica, idealista y profundamente resentida con el bando vencedor. La escritora, que hizo una sola novela, era hija de un adinerado abogado y una madre de ascendencia irlandesa, católica (primera coincidencia con la heroína de su obra, que era hija de un aventurero irlandés que ganó su plantación, ‘Tara’, gracias a una partida de naipes). Sus biógrafos sostienen que de niña inventaba cuentos que dictaba a su madre cuando todavía no sabía escribir.

Su progenitora les inculcó a ella y a su hermano la pasión por la historia, sobre todo la Guerra de Secesión donde el mundo de sus padres se derrumbó en 1865, cuando el general sureño Robert E. Lee capituló ante el general norteño Ulysses S. Grant. Treintaicinco años más tarde nacería Margaret, pero las heridas de la cruenta guerra no cicatrizaron en el sur derrotado. Ella negó que su heroína, valiente, casadera (Scarlett tuvo tres maridos), tuviera su temperamento. Lo cierto es que a los 18 años se enamoró -como Scarlett de Ashley Wilkes- de Henry Clifford, un joven rico que correspondió a su amor, pero la tragedia la atrapó a los tres meses del noviazgo. Henry, instructor de bayoneta, murió luchando en la Primera Guerra Mundial, en Francia. Fue un golpe al corazón y ella decidió colaborar en periódicos como el ‘Atlanta Journal’ y el ‘Sunday Magazine’ con el seudónimo de Peggy Mitchell.

Dispuesta a olvidar a Henry se marchó al norte, a Massachusetts, para estudiar medicina, pero otra vez una desgracia la emparentó con su heroína, cuando llegó a su plantación un día después de la muerte de su madre, Elena, la única mujer que verdaderamente respetaba. La escritora en realidad era una mujer rebelde. Se casó con un contrabandista y exjugador de futbol que a los cuatro meses la abandonó para irse a vivir a la costa oeste. Fue criticada en los círculos sociales de Georgia al enterarse de que le gustaba ir a bailar y vivir la vida nocturna, como la mismísima señora O’Hara. Y como ella, decidida a no quedarse a ‘vestir santos’, aceptó casarse con John March, un antiguo pretendiente del diario donde trabajaba. Fue el marido quien la animó a que escribiera una novela sobre el sur, del cual se había documentado tanto y por largos años.

Solo cuando se accidentó en una pierna, lo que la obligó a permanecer en cama varias semanas, emprendió la monumental tarea de escribir ‘Lo que el viento se llevó’. Hizo un trabajo de hormiga y muchos veteranos de Atlanta sufrían sus largos e inquisidores interrogatorios sobre batallas, historias, armamentos. Solo así pudo diseccionar a un puñado de personajes inolvidables, perfectamente construidos, que pasaron a la posteridad y se convirtieron en seres de carne y hueso en la gran película de 1939, ganadora de diez premios Oscar.

Vivien Leigh fue Scarlett, Clark Gable encarnó a Rhett Butler y Hattie McDaniel hizo de la entrañable ‘Mamita’, siendo la primera mujer afroamericana en obtener un Oscar. Lo que vino tras la publicación del libro fue increíble. La novela llegó a vender 50 mil ejemplares en un solo día. Durante 21 semanas estuvo en el primer puesto en la lista de libros del The New York Times. En 1937 ganó el Premio Pulitzer y dos años después se estrenó la legendaria película. Sin embargo, no se le subieron los humos a la cabeza, pese a que su libro se tradujo a 30 idiomas. El trágico círculo de su vida se cerró una noche de 1949, cuando caminaba rumbo al teatro con su esposo a ver ‘Un cuento de Canterbury’ y la atropelló un taxi. Murió el 16 de agosto, pero después de 71 años todavía no puede descansar en paz. Apago el televisor.