Opinión

Reporteros de la calle

Reporteros de la calle

Este Búho sigue acatando el aislamiento social y me doy tiempo para el teletrabajo, leer, ver películas y series, pero también para reflexionar. Tengo más de tres décadas en este noble oficio de periodista y creía que casi nada podía sorprenderme, hasta que llegó el coronavirus.

En verdad nunca imaginé que el mundo posmoderno, que ya planeaba viajes turísticos a la Luna, iba a estar postrado de impotencia ante esta apocalíptica pandemia, que pone en riesgo de muerte a todos. Especialmente a los que están en ‘primera fila’ de combate: médicos, enfermeras, policías y militares, quienes son verdaderos héroes, pero también los periodistas, a los que veo al ‘pie del cañón’ en las zonas de contagio como mercados y hospitales.

No pude evitar evocar mis épocas de reportero ‘todoterreno’. Inicié mis andanzas callejeras en periódicos que hoy yacen en el ‘cementerio de papel’. En las secciones de policiales y de política tuvimos que convivir por años con atentados terroristas, coches bomba y crueles asesinatos. Como les contaba hace unos días, una vez llegamos a Santa Clara por un atentado y vimos lo que quedaba del jefe de la fuerza de choque del Apra, el ‘Búfalo’ Pacheco. Los senderistas lo habían acribillado junto a su hijo y dinamitaron su cuerpo. Hasta un curtido policía expulsó su desayuno ante ese horrendo cuadro.

Viajar en comisión periodística por terrorismo podía resultar suicida. En 1983, ocho periodistas fueron masacrados en Uchuraccay por buscar respuestas a la violencia que azotaba las alturas iquichañas. Pero eso no amedrentaba a los jóvenes reporteros. Llegabas a las zonas de emergencia con tu cartel de ser un ‘blanco’ tanto para los terroristas como para los militares. Éramos vistos como personajes incómodos, hasta ‘enemigos’. Una vez tuve que salir disfrazado de seminarista para evitar que me detengan en Pucallpa por un reportaje donde desnudaba violaciones y desapariciones que denunciaba valientemente el vicario europeo de la ciudad. Otra vez tuve que irme un par de años de San Marcos por publicar un artículo en ‘Caretas’ sobre la formación de un ‘comando antiviolentista’ en la Decana de América, por lo que recibí las amenazas de Sendero Luminoso.

He llegado hasta un volcán a punto de erupcionar, el Sabancaya en Arequipa, con el fotógrafo ‘Felipillo’ Berrocal, y llegamos al mismísimo pie de la impresionante montaña, en medio de una lluvia de cenizas. Solo los científicos japoneses estaban acampando allí y tenían un helicóptero chiquito. Nos advirtieron en inglés: ‘Muchachos, se pueden quedar, pero si empieza a salir la lava, nosotros nos subimos a la nave y no hay sitio para ustedes’. Igual nos arriesgamos y quedamos. Porque el verdadero periodista de calle no calcula los riesgos o, mejor dicho, los conoce, pero los asume.

Eso lo vemos ahora en esta pandemia, donde hay reporteras aguerridas como Karina Reynafarge o el ‘mártir’ del periodismo, el camarógrafo de Panamericana Mario Bucana, quien falleció al contagiarse en pleno trabajo periodístico. Por su edad era vulnerable, pero escogió trabajar en los reportajes más importantes del noticiero que eran los del ‘coronavirus’. Ahora tengo enfrente de mis narices a este virus que puede matar de esa manera tan silenciosa, traicionera y letal. Y ataca a quienes se supone tienen más defensas.

A un deportista con un cuerpo bien alimentado con proteínas y reforzado con vitaminas como ‘Foquita’ Farfán, o una mujer que estaba haciendo su cuarentena rígida como Ana Carina Copello. Este virus no discrimina. Ha tumbado a príncipes, políticos, millonarios, artistas famosos, deportistas. Por eso me enerva que en el país muchos esperen que el lunes se levante la cuarentena y crean que todo será como antes. ¡¡Por favor!! Hasta que no se descubra la vacuna vamos a convivir con este virus diabólico y eso significa que tendremos que tener la mayor precaución y cuidados para no contagiarnos. La única solución es el aislamiento social voluntario. Entiéndanlo.

Apago el televisor.