Opinión

Treinta años después, por Carmen McEvoy

Treinta años después, por Carmen McEvoy

Este último viaje de regreso a Sewanee –donde retomé mi cátedra de historia– me trajo memorias de aquel otro que emprendí con mis dos hijos tres décadas atrás. Salimos del Perú, en pos del doctorado, un 9 de agosto de 1989 cuando su aparato estatal implosionaba por enésima vez. En la década nefasta de 1980 –donde murieron miles de compatriotas en la “guerra milenaria” que Sendero Luminoso nos declaró– me encañonaron en la sien para robarme, le pusieron una chaveta en el cuello a mi hijo y un comando terrorista colocó un artefacto explosivo a una cuadra del nido de mi hija. Analizando a la distancia mi experiencia, que fue la de un absoluto desamparo frente a un Estado colapsado, aquella no se compara en lo más mínimo a la de otras mujeres que perdieron a sus familiares y todavía claman por sus cuerpos para enterrarlos.

A lo largo de estas tres décadas, una serie de eventos conmocionaron al mundo y al Perú desde la caída del Muro de Berlín hasta el atentado terrorista contra las Torres Gemelas, pasando por el ‘fujishock’, el escándalo de los ‘vladivideos’, la renuncia por fax de un presidente, su juicio y posterior encarcelamiento. Ese mundo, cuya bipolaridad súbitamente desapareció y cuyos líderes connotados asumieron que la globalización sería la nueva panacea, dio paso –entre otras cosas– a guerras terribles, entre ellas la ocurrida en Siria donde un gobierno cruel combatió los sueños globales de un califato terrorista igualmente cruel. La pugna sucedió con la venia o simplemente la displicencia de las grandes potencias, determinando una migración inédita en la historia contemporánea. La imagen de ese bebe, ahogado en la costa de una playa turca, todavía espanta a pesar de que fuimos testigos de una seguidilla de crímenes espeluznantes, entre ellos las decapitaciones grabadas y transmitidas en tiempo real a millones de usuarios de Internet. Y mientras muchos morían huyendo, paradójicamente, de la muerte, otros lucraban como nunca antes se ha visto en la historia reciente. Ese fue el caso del conglomerado Odebrecht, cuyo sueño global fue hacerse con el dinero de todo aquel que cayera entre sus garras. No importaba si ello implicase arrastrar a los estados, como fue el caso del peruano, a la peor crisis de gobernabilidad de la que se tiene memoria. ¿Lo hicieron solos? Por supuesto que no. Una cohorte de cómplices, entre ellos varios presidentes con múltiples tarifas y modalidades –entre ellas las puertas giratorias– colaboraron en nuestra debacle nacional. De los desastres ambientales que marcaron esta época de “crony capitalism” y ambición desmedida, mejor ni hablar, cuando la Amazonía está ardiendo en llamas.

Porque somos hechos del mismo barro de lo imprevisible, lo no permanente y lo azaroso, hemos sido dotados de la capacidad de convivir e incluso anunciar al mundo el horror que pronto trocó en global. ¿No fue acaso Tarata, junto a los crímenes contra poblaciones inocentes en la sierra y selva peruana, un anuncio de un terrorismo brutal y de la salvaje respuesta del oficialismo? Vivir con la adversidad y, peor aún, viendo cómo sistemáticamente se destruye el fruto del esfuerzo colectivo nos ha dotado de una resiliencia acompañada por un bagaje cultural inconmensurable. Porque el Perú de los conos dinámicos, del emprendedurismo popular y del extraordinario ‘ruraq maki’, es una prueba fehaciente de una resistencia a prueba de balas. De unas ganas de vivir que conmueven, animan e inspiran porque es la materia prima para enfrentar un mundo que, como el actual, es durísimo pero preñado de posibilidades. Sin embargo, todo puede ser derribado sin un proyecto nacional que, entendiendo la precariedad del “nuevo desorden internacional”, dirija apropiadamente nuestras energías. Para esta apuesta debe contarse con una plataforma política moderna y fluida que sepa conectar lo local, lo nacional y lo global.

En mis años de estudiante en el doctorado concebí la noción de “la utopía republicana” como horizonte político y cultural para una etapa de violencia y desesperanza. A partir de mi investigación sobre una pareja de peruanos, Yma Sumac y Moisés Vivanco, que saltaron de Cajamarca y Ayacucho a lugares tan lejanos como Moscú y Pakistán, he regresado a esa frase “Perú al pie del orbe, yo me adhiero” de César Vallejo. A esa “sierra de mi Perú, Perú del mundo” de Wendy Sulca y de miles de compatriotas pujantes que cristalizan sus sueños valiéndose de nuestra herencia milenaria y de una tecnología imparable. Alma Guillermoprieto observa que la música de Sulca expresa “la transformación caótica de una cultura” que, como la peruana, ha tenido siempre una “infinita capacidad de reinvención”. Reinvención que, de acuerdo con la última encuesta del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, nos refiere a una “peruanidad” nutrida de valores como la capacidad de trabajo, la abnegación, el sacrificio y la responsabilidad, evidenciados en los últimos Panamericanos. Energía alternativa que no es representada por una clase política decadente que –como muy bien señala Rosa María Palacios– nos revienta sistemáticamente la vida. ¡Basta ya!