Política

¿Está chihuán el antifujimorismo?

¿Está chihuán el antifujimorismo?

Pronóstico de Hildebrandt, la semana pasada en el Hay Festival de Arequipa: Fuerza Popular correrá la misma suerte que otros partidos-legado de nuestros dictadores: el PDR de Leguía o la UNO de Odría. Carmen Leguía intentó prolongar al primero hasta la Constituyente del 79, casi 40 años después de su caída. Y yo mismo alcancé a ver –como en un episodio de paradojas temporales de Doctor Who– un miserable local de la UNO en 1990, también 40 años después. Quizás esto signifique que el coletazo final del fujimorismo, su último vestigio antes de archivarse para siempre en el baúl de vergüenzas históricas, ocurra en el 2040. Guarden esta columna hasta entonces.

La plana mayor de Fuerza Popular ha terminado en prisión ante la indiferencia generalizada de sus votantes. Los Avengers albertistas deambulan olvidados. Kenji se dedica a vender huevos. El indulto ha sido anulado. Es obvio que el proceso de descomposición del fujimorismo se ha iniciado. Seguirá apareciendo en nuestras noticias, obviamente, pero su rol como parteaguas de la política peruana terminará de apagarse, para siempre, en la próxima elección (sobre todo si triunfa el #SISISINO).

¿Dónde deja esto al antifujimorismo? ¿Se quedó chihuán, es decir, se quedó misio, es decir, se quedó sin esa materia prima que lo volvió lo que muchos han llamado “el partido más grande del Perú”? ¿El ocaso de su némesis significa su disolución?

«Lo que llaman antifujimorismo es la manifestación de unos resortes que, aunque defectuosos, siempre ha existido en el Perú. Resortes republicanos, de defensa de determinados valores. Me fastidia que sean peyorativamente metidos en una etiqueta negativa, de ‘anti’. No es ojeriza personalista, es afirmación democrática». 

Esto lo dijo Alberto Vergara, también en el festival arequipeño de la semana pasada. Destacó que esos reflejos van a más allá de la oposición a un apellido y puso como ejemplo reciente la victoria de Muñoz, en Lima. Para ese sector, “republicano” si quieren, candidatos como Reggiardo o Urresti o Belmont representaban valores inaceptables y, por tanto, buscaron y eligieron a un candidato con una visión mejor alineada a ellos.

Siguiendo con ejemplos fuera de la oposición al fujimorismo, yo agregaría la elección de Alan García el 2006. Humala, entonces, representaba a Hugo Chávez –militar, autoritario, con desprecio de los derechos humanos–. Enfrentados a ese dilema, el sector que podría llamarse antifujimorista, con Vargas Llosa a la cabeza, decidió apostar por García.

La caída del fujimorismo no es un final feliz de cuento de hadas. La democracia –como señaló la bloguera cubana Yoani Sánchez, también en Arequipa– no es comodidad, sino combate. Amenazas similares ya están surgiendo (¿cuántos sueñan ya con ser El Bolsonaro Peruano?). Por suerte, los resortes siguen tan resistentes como siempre. El fujimorismo pasa. El antifujimorismo –llámese como se llame– queda.
 

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