Vida

Kuroiwa: una vida dedicada a combatir el desastre; por Fabiola León-Velarde

Kuroiwa: una vida dedicada a combatir el desastre; por Fabiola León-Velarde

Aunque son más de 15 mil los kilómetros que separan al Japón del Perú, tenemos un enemigo común: en el gran trecho de océano que nos distancia, se encuentra la zona sísmica más activa del planeta. La nación nipona, asentada sobre la placa del Pacífico, tan solo en el 2018 sufrió 651 movimientos con magnitud igual o mayor a 4,0. El Perú, por su parte, registró 619 sismos de similar intensidad.

Así, Perú y Japón comparten un enemigo común y silente: la amenaza del próximo gran terremoto en sus costas. Si los nipones tienen al gran terremoto de Kanto (1923), que segó alrededor de 140.000 vidas, los peruanos tenemos al terremoto de Lima de 1746, que acabó con entre 5 mil y 7 mil personas de un total de 50.000, según el historiador Charles Walker, autor del libro “Colonialismo en ruinas: Lima frente al terremoto y tsunami de 1746” (IEP-IFEA, 2012).

Tuvo que ser, precisamente, un peruano descendiente de japoneses, Julio Kuroiwa Horiuchi, el que concitara el interés de la academia, el Estado y la ciudadanía para prevenir estos desastres bajo la guía de la ciencia. Su abuelo le había contado cómo perdió cuantiosas mercancías, que pensaba comerciar en el Perú, con el sismo de Kanto y esa memoria del dolor acaso inclinó su vocación profesional hacia la ingeniería civil. Con ella, quiso aprender a adelantarse al enemigo y amainar la factura de sus azotes en las casas y en las vidas de los peruanos.

Tras graduarse con el primer puesto de su programa en la UNI (donde fue profesor emérito) a fines de los 50, viajó al País del Sol Naciente (capital del estado del arte en lo que respecta a sismología y prevención de desastres) para formarse en ganarle la partida al movimiento telúrico. Estudió en el Instituto Muto y también en el Instituto de California (EE.UU.), bajo la tutela de Charles Richter (por quien se nombró a la escala para medir la intensidad de los sismos). Con lo aprendido, regresó a la UNI, y le tocó enfrentar los estragos del sismo de 1970 en Áncash, que dejó más de 60 mil víctimas mortales y una ciudad entera sepultada bajo un aluvión, Yungay. Kuroiwa pasó tres años ahí, entendiendo las formas en que los sismos destruyen, y las herramientas para mitigarlos.

Y lo hizo bien. Desarrolló tecnologías de diseño y reforzamiento de edificaciones de concreto desde el Comité de la Norma Sismorresistente NTE 0.30 de 1997, que presidió. Ningún colegio diseñado con esta norma sufrió daños en los terremotos de Arequipa (2001) ni Pisco (2007). Entre 1998 y el 2012, desarrolló con su equipo mapas de peligros multiamenazas y planes de uso de suelo de 175 capitales provinciales y distritales del Perú. Asimismo, creó el Programa de Ciudades Sostenibles implementado por el Indeci y el PNUD/Perú.

En 1990 recibió el Premio Naciones Unidas Sasakawa Undro en Prevención de Desastres, siendo el primer latinoamericano en ganarlo. De ahí que la ONU lo haya considerado como consultor en gestión de desastres durante más de 40 años. Ha sido autor de más de 125 trabajos, 5 libros y 5 manuales de circulación nacional e internacional sobre desastres de origen natural o causados por el ser humano.

Su última obra fue presentada apenas el mes pasado, a pocas semanas de su muerte. “Gestión de riesgo de desastre en el siglo XXI” incluye información sobre cómo prevenir que el desastre natural se convierta en tragedia humana, y reúne en sus 515 páginas al menos 50 conferencias y más de 130 tesis que asesoró; esto último, a manera de reconocimiento del aporte a su obra de quienes trabajaron a su lado.

Peruanos como Julio Kuroiwa siempre nos harán falta, pero el privilegio de que nuestras políticas de prevención se hayan alimentado de su vasta experiencia servirá durante muchos años como ejemplo. Ejemplo de compromiso con la ciencia, pero también ejemplo de lo fundamental que resulta concebir políticas públicas basadas en evidencia producto del conocimiento científico. Descanse en paz, maestro.