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Cuento por entregas: Quinto capítulo de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio

Cuento por entregas: Quinto capítulo de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio

A diferencia de lo que aparece en las películas de acción de Hollywood, disparar un arma no es tan sencillo como se nos muestra. Requiere entrenamiento para afinar la puntería, al mismo tiempo que el tirador aprende una postura que le permita lidiar con la fuerza del disparo. Lo que se recomienda es usar ambas manos, una de ellas como soporte de la que empuña el arma. Disparar con la pistola totalmente de lado, por ejemplo, como hacen los gánsteres y los sicarios en las películas, puede causar una lesión seria en el brazo. Y es muy probable que ni siquiera acertemos al blanco.

—Que el niño lograra accionar el disparador, utilizando toda su fuerza, no es imposible —refiere el oficial de policía Terry Buchanan, quien encontró a Macedo en el suelo, junto al coche de compras—. Lo que nos dejó atónitos fue la precisión de la bala.

La última frase es en estricto cierta. La trayectoria de una bala es ligeramente curva y en su desplazamiento influyen la fuerza de gravedad, que atrae el proyectil hacia el suelo, y la resistencia del aire, que frena su velocidad. La probabilidad de que un único disparo —inexperto, además— impactase a la mujer y le causara una muerte instantánea era bastante reducida, pero ocurrió.

Terry Buchanan y Stuart Miller fueron los primeros oficiales en acudir al llamado de emergencia del supermercado. Su patrulla era la que se encontraba más próxima al incidente. La central informó sobre un disparo en el local de Walmart, pero no estaba claro el origen.

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—Procedan con precaución —advirtió la voz de la radio—: se habla de una mujer herida, pero no descarten que haya rehenes comprometidos. Más unidades van en camino.

En ese momento se encontraban a dos calles. Buchanan pisó el acelerador del patrullero.

Al llegar fueron recibidos por el administrador del supermercado y su personal. Les informaron que habían evacuado el local por temor a que hubiera un tirador adentro. Pero no hay ruido desde que ocurrió el disparo, dijo una de las cajeras, quien sujetaba de las manos a una compañera en evidente crisis nerviosa. Miller preguntó por la puerta trasera y se dirigió para allá.

Buchanan ingresaría por la entrada principal. Habló por el altavoz para ganar tiempo, pero no hubo ningún tipo de respuesta desde el interior del supermercado. Tres patrullas adicionales arribaron al estacionamiento y dos oficiales recorrieron la ruta de Miller, para apoyar sus maniobras. Un oficial acompañaría a Buchanan y los demás emboscarían desde los patrulleros cualquier intento de huida del tirador.

—Avanzábamos a ciegas. Nos entrenan para toparnos con presencia hostil —explica Buchanan—. Aun así, lo que encontramos fue mucho peor —reconoce.

El oficial mide un metro ochentaiocho de altura y pesa noventaicinco kilos. Tiene cuarentaidós años, de los cuales ha servido veintidós en la policía de Idaho. Sus superiores lo califican como un profesional prudente para actuar en situaciones de riesgo y acostumbrado a tomar decisiones rápidas. Cuando ocurrió el incidente, hace seis años, aún no tenía hijos. Dos años después, su esposa se embarazó y dio a luz gemelos.

El disparo había ocurrido al fondo del almacén, desde donde se oía llorar a un niño. Buchanan sacó su arma y avanzó despacio, apuntando a media altura. El oficial que lo acompañaba contenía la respiración a dos metros de distancia.

—Terry, vamos a entrar —susurró la voz de Miller en la radio sujeta a su hombro.

Buchanan llegó al pasillo del incidente. Se asomó muy rápido y descubrió que no había ningún adulto al final del largo corredor. Con la ayuda de un espejito pudo apreciar mejor la escena: el niño que había oído llorar se encontraba abandonado en la canastilla de un coche de compras, arrimado contra la góndola, y una mujer yacía en el suelo, sobre un charco de sangre. Su posición le impedía descartar que hubiera alguien escondido tras el coche. Necesitaba la perspectiva de su compañero, que ingresaba por la otra puerta.

Buchanan describió el cuadro por la radio y solicitó atención médica para cuando asegurase el lugar. Preguntó por la posición de Miller, quien anunció que ya avanzaba entre las góndolas. Había dado diez pasos desde la puerta de emergencia, mientras los otros oficiales terminaban de ingresar y elegían sus posiciones.

—¡Manos arriba todos! —ordenó Buchanan, quien daba pasos cortos hacia el coche de compras con el revólver a media altura. El niño lloraba y agitaba las manos y los pies, dentro de la canastilla.

—Terry, estoy dentro y veo el coche con el niño —anunció Miller por su radio. Avanzaba por el lado que Buchanan no alcanzaba a ver. Apenas llegaron ambos al coche, Miller extrajo al niño y Buchanan ordenó el ingreso del apoyo. Se agachó para buscar el pulso en el cuello de la mujer.

—Que ingresen el forense y los investigadores —dijo por la radio—. Hay una mujer muerta.

La posición del cuerpo llamó su atención. Miró a su alrededor, intrigado, hasta que descubrió una pistola dentro del coche de compras. Tardó dos segundos en deducir lo mismo que Miller, quien lo miraba espantado.

—Santo cielo, murmuré —cuenta Buchanan—. Y lo repetí la noche siguiente, en casa, abrazado a mi esposa, cuando vi en los noticieros las imágenes del video de seguridad.

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