Cultura

Cuento por entregas: Segundo capítulo de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio

Cuento por entregas: Segundo capítulo de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio

LETRAS DE MOLDE. N.º 40, 2022

3 al 9 de octubre / 2022

EL NOMBRE DE LA PERUANA NATALIA MACEDO SALTÓ A LAS PRIMERAS PLANAS DE LOS DIARIOS HACE OCHO AÑOS, CUANDO UN ACCIDENTE INSOSPECHADO LA ARREBATÓ A SU FAMILIA. SU VIUDO, EL BIÓLOGO ESTADOUNIDENSE FRANCIS CARTER, CUIDA DESDE ENTONCES AL HIJO DE AMBOS. DURANTE AÑOS, DISTINTOS MEDIOS PERIODÍSTICOS HAN TRATADO DE ENTREVISTARLO, SIN ÉXITO. LO UBICAMOS HACE UNAS SEMANAS EN UN CONGRESO CIENTÍFICO Y ACCEDIÓ A RECIBIRNOS. MÁXIMO BERRÍOS CONVERSÓ CON ÉL PARA LETRAS DE MOLDE.

UN PERFIL DE MÁXIMO BERRÍOS

Francis Carter odia a los reporteros, pues ha lidiado con ellos desde hace ocho años, exactamente desde el 30 de diciembre de 2014. Para su fortuna, la frecuencia con la que ellos lo buscan ha disminuido considerablemente; por una parte, debido al tiempo transcurrido desde el accidente que lo dejó viudo, y, por otra, porque nuevos casos, similares al suyo, concentraron la atención de la prensa. Aun así, repite que no desea brindarme una entrevista, pero acepta conversar y que tome apuntes. Le informé que deseaba escribir una nota sobre el caso de su esposa, sobre las consecuencias en su vida familiar.

—Vas a publicar el reportaje de todas formas, ¿cierto? Espero que te tomes la molestia de articular bien los detalles —advierte Francis, con la desconfianza que le han acentuado los años—. Ya he tenido bastante con el sensacionalismo habitual de la prensa. Pero no te voy a dar carne para hacerte las cosas fáciles; tendrás que investigar.

Por eso se asegura de que la grabadora esté apagada. Solo entonces empezará a contarme algunos hechos de su vida reciente y, más que responder a mis preguntas, a charlar conmigo. Me habla en inglés, sin preocuparse de que le entienda o no, pero el idioma no es problema para mí. Sin embargo, si le disgusta algo de lo que publique, aprovechará para argumentar que lo traduje mal. Enciende un cigarrillo y me ofrece uno, pero no acepto. No pregunta si me incomoda que fume; supongo que quiere hacer notar que está en su casa.

MIRA: Cuento por entregas: Primer capítulo de ‘El dedo en el disparador’, de Miguel Ruiz Effio

Francis Carter es un hombre de un metro ochenta de altura. Debe pesar casi noventa kilos. Es rubio, con el rostro salpicado de pecas y expresión amigable, así que pienso que hoy está esforzándose para mostrar hostilidad. Ocupa los primeros tres o cuatro minutos de la conversación en brindar algunos datos de su biografía y los siguientes veinticinco en describir su trayectoria académica, tratando de explicar la importancia de su trabajo científico. Sabe que si la prensa decidiera prestar atención a sus descubrimientos, podría convertirse en otro Stephen Hawking, así que hace lo posible por utilizar un lenguaje didáctico y que echa mano de comparaciones sencillas cuando habla de su línea de investigación. Luego de todo esto, quizá sintiéndose un poco más cómodo conmigo, me permite preguntar y hacer anotaciones.

—Natalia Macedo Guerrero, ese era el nombre de mi esposa. Nació en Perú, como tú —hace notar—. El nombre del niño lo mantendrás protegido, ¿cierto? —pregunta, pero en realidad es una advertencia.

Le confirmo que así será. Usaremos «el niño» o «el hijo del matrimonio Carter-Macedo» para mencionarlo en el reportaje.

Francis Carter es natural de Portland, donde nació en setiembre de 1974. Hoy tiene 48 años; había cumplido los cuarenta noventaiséis días antes de la muerte de su esposa. Es biólogo de la Universidad Estatal de Portland, de donde se graduó en 1999. Poco después hizo el doctorado en Genética Molecular de Plantas en la Universidad Autónoma de Madrid y por esos años aprendió y perfeccionó su castellano. Finalmente volvió a los Estados Unidos gracias a un contrato como investigador asociado en la Universidad del Sur de California, donde desarrolla trabajos para inducir el envejecimiento de las células de cáncer a través de la alteración de su ruta metabólica.

Lo resume así para que le entienda: estudia las células cancerígenas.

—Desde la secundaria me gustó la ciencia. Y decidí elegir una carrera en la que pudiera beneficiar a la humanidad —dice con ironía mientras extiende los brazos, teatralmente, para acentuarla.

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