Opinión

El almuercito familiar

El almuercito familiar

Este Búho ha visto decenas de casos de familiares, amigos, compañeros de trabajo, conocidos y vecinos que han muerto por este temible virus traicionero y mortal. Desde que a mediados del año pasado, Perú fue el primer país en instaurar una de las cuarentenas más ‘draconianas’ del planeta, vivimos una pesadilla y todo fue en vano. El toque de queda, el cierre de todo tipo de negocios y la inamovilidad total no evitaron que el país tuviera el triste ‘galardón’ de ser la nación con mayor cantidad de muertos por cien mil habitantes. Aparte de que la economía se destruyó.

Pero en ese momento nadie nos informaba de las cifras reales. El nefasto presidente Martín ‘Lagarto’ Vizcarra nos hablaba de una ‘meseta irregular’, pero la ‘curva de muertos’ seguía ascendente. Se hablaba de 40 mil muertos, cuando en realidad pasábamos los cien mil. El gobierno del moqueguano mintió con el tema de las vacunas. Cuando disminuyó la ‘primera ola’ y era el momento de implementar camas de cuidados intensivos, respiradores mecánicos e instalar más plantas de oxígeno, no hizo nada. Cuando ya se sabía que la ‘segunda ola’ en Inglaterra, Sudáfrica y Brasil se anunciaba mucho más mortal y agresiva, tampoco protegió a la población. Vizcarra y Mazzetti sospechosamente ignoraban las ofertas de otras vacunas que no sean las del laboratorio chino Sinopharm. Hoy todo ese episodio huele a corrupción.

Fue en esos momentos que comencé a ver la muerte cerca de mí. Creo que después de que pase este maldito virus, nada será igual. He visto morir a gente querida. No en todos los casos la gente fallece por asistir a ‘privaditos’ o ‘fiestas Covid’ donde ‘te piden que te quites la mascarilla... para verte mejor’. Lo que le pasó a la querida familia Gonzales, amigos de mis padres desde que mi viejito estudiaba en el Mariano Melgar, me ha dejado en shock. Los esposos, una pareja de esas que a pesar de tener décadas de casados parecen enamorados, celebraban sus sesenta años de matrimonio religioso.

Los cinco hijos del enlace y la hermana soltera de la señora de la casa, de ochenta años, decidieron organizar un almuercito familiar. ‘Solo van a asistir los hijos, sin los nietos’, se dijo. Esa tarde, la tía llegó con la comida china. Los esposos de aniversario la recibieron con cariño. Sus cinco hijos siempre llegaban a la casa y no había desconfianza, pues respetaban los protocolos. Lo más seguro es que ella llegó con el virus a la casa. El almuerzo duró cuatro horas. Sin baile ni trago, solo discursos de felicidad y recuerdos. A los dos días, todos los asistentes a la reunión comenzaron a tener los terribles síntomas del Covid. Los dos hombres de 58 y 59 años con neumonía y el otro con debilidad total. Los padres sufrieron la terrible embestida y necesitaron oxígeno. Pero fue don Lucho, un hombre bondadoso y amante de la vida, quien no resistió la agonía.

Esta enfermedad es tan maldita que en algunos casos, teniendo oxígeno y cama en UCI, te lleva. Don Lucho murió reclamando a su madre, como buen hijo que fue. La tía, quien organizó el almuerzo, una mujer soltera que no fumaba ni tomaba, llegó a la clínica caminando, pero a los dos días este virus la infectó de tal manera que murió en tiempo récord. La hija menor de don Lucho y doña Juana, Lizeth, que es hipertensa, diabética y con obesidad, continúa con oxígeno y su pronóstico es reservado. Ella contagió a su hija de 25 años y a su esposo. Otra hija de la desdichada pareja, Olguita, pese a que es enfermera intensivista y ya estaba vacunada, también se contagió y tuvieron que entubarla y hasta ahora su pronóstico es reservado.

Es increíble cómo esa vacuna china no la protegió. Dos muertos y dos personas graves dejó este almuercito ‘inofensivo’. Pienso que hay que sacar conclusiones. Esa reunión nunca debió realizarse, como bien alertaron los protocolos. De los ocho, siete estaban sanos, pero por uno se contagiaron todos. Para mi familia fue un durísimo golpe, perder así a amigos entrañables de mis padres. El país debe tomar conciencia. Esta enfermedad es traicionera. Es preferible estar enclaustrados, hablar por teléfono con los hijos o nietos, pero no reunirse con ellos.

Si te contagias es muy probable que no la cuentes. No hay camas, menos UCI, no hay oxígeno. Qué triste es tener dinero, ahorros, pero estás condenado a morir porque todos los servicios de salud han colapsado. Esta es una verdadera pesadilla. La única solución es usar doble mascarilla, protector facial, lavarse las manos si es que se tiene que salir. Sino, a quedarse en su casa. No hay nada más doloroso que perder a la familia. Apago el televisor.