Opinión

El Búho viajero se fue a disfrutar de Obrajillo: te cuenta todos los secretos de ese pueblito

El Búho viajero se fue a disfrutar de Obrajillo: te cuenta todos los secretos de ese pueblito

Este Búho se sacude de los perturbadores temas políticos y se da un tiempito para respirar aire fresco y puro. Por eso cogí mi mochila, mi carpa y enrumbé hasta el bello pueblo andino de Obrajillo, a tres horas de Lima.

Este lugar se ha convertido en un punto obligado para miles de viajeros que buscan escapar un fin de semana de la caótica capital. Regreso después de muchísimos años, quizá después de una década. Desde aquella vez en que me escapé con ‘Chabelita’ y teníamos como himno de amantes esa bella canción de Charly García: ‘Demoliendo hoteles’.

Desde entonces, este pueblito, que está a cinco minutos de Canta, era punto obligado para los paseos escolares y universitarios. Hoy veo con asombro que su abanico de visitantes se ha ampliado: familias, enamoraditos, aventureros, grupos de amigos. También sus ofertas para los turistas, nacionales e internacionales.

Hace 10 años los hoteles eran escasos, los servicios de transporte contados, pocos restaurantes. Las rutas turísticas que ofrecen ya no se centran en el pueblo, sino se han abierto a las maravillas naturales que existen a dos horas de distancia y que en las siguientes líneas les detallaré. Llegar a Obrajillo es simple. Desde el kilómetro 22 de la avenida Túpac Amaru, en Carabayllo, a cada hora salen los colectivos rumbo a Canta. Es un camino de asfalto que, a medida que va dejando atrás la metrópolis, regala paisajes hermosos. Ríos, valles, cataratas. Si va en movilidad propia se aprovecha mejor el recorrido. El viajero puede detenerse en los innumerables puestitos que ofrecen helados y pancitos artesanales. Alfajores recién horneados. Frutas recién cosechadas. Es una ruta de aproximadamente tres horas, eso sí, con bastantes curvas cerradas.

Al llegar a Canta, el camino a Obrajillo toma cinco minutos en auto o 15 caminando. Obrajillo tiene diversas zonas de camping.

Este columnista optó por una que está a orillas de un riachuelo cristalino y al pie de la catarata Lucle. Allí armé mi carpa, encendí una fogata con troncos de eucalipto y, bajo un cielo totalmente estrellado, reproduje en mi celular ese tema de ‘Los Prisioneros’ que tanto amo: “Todo está muy bien si tú lo dices/ Me puedo ir a dormir si tú apagas la luz/ Esta noche quiero disolverme junto a ti/ Yo sé que nada malo va a pasar si tú vigilas/ Ese aroma tuyo me tranquiliza/ Y confío en tus manos cerrando mis heridas”. El frío es soportable con un buen sleeping y con un shot de pisco antes de dormir.

Al día siguiente, el sol despuntó a las 7 de la mañana, con el cielo despejado y un airecito frío. Alrededor existen diversos puntos de venta de comida. Los más pedidos son los caldos de gallina de chacra y la patasca, a base de mote y menudencia de vaca. Platos nutritivos, contundentes y económicos. Los acompañan con canchita serrana, cebolla china y limón. Con las energías a tope entonces uno recién puede iniciar el full day que ofrecen los guías de la zona, todos a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Parten de Obrajillo rumbo a la cordillera de La Viuda. Son dos horas de subida por un camino que recién está siendo asfaltado y que unirá Lima con Cerro de Pasco y Junín. Los puntos obligados a visitar son las lagunas de Chuchún y Siete Colores. Impresionantes por los tonos de sus aguas, desde el turquesa hasta el azul oscuro. Solo en Siete Colores el visitante puede pasear en bote. Desde el corazón de la laguna, a la izquierda se puede ver la silueta de un elefante y a la derecha la de una tortuga, como si estuvieran tallados en las mismas montañas.

A la laguna Chuchún no hay ingreso. Los guías cuentan que, en distintas oportunidades, algunos curiosos han aparecido flotando sin vida. Dicen que está encantada. Solo se puede apreciar su belleza desde lejos. Recomiendo comprarles a los pequeños negociantes de la zona. A las mamitas que ofrecen su choclo con queso y papita con huevo, agua de muña y mate de coca. A los que ofrecen artesanías y prendas tejidas a mano. A los dueños de los botes y los caballos. A los niños que por un sol te toman fotos bien encuadradas y enfocadas. Colaborándoles también aportamos a la dinamización de la economía local. Antes de la una de la tarde, el viajero estará retornando a Obrajillo.

Allí podrá almorzar y deleitarse con la gastronomía local. Personalmente, siempre que voy pido, la tradicional trucha frita, con ensalada, papas nativas y arrocito blanco. También está la famosa pachamanca de tres sabores o el cuy chactado. Dependerá de los gustos del cliente.

Obrajillo y Canta son buenas opciones para darse una escapada de la ciudad. Es un rinconcito descontaminado del caos y desorden capitalino.

Apago el televisor.

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