Opinión

Las cartas de Bukowski

Las cartas de Bukowski

Charles Bukowski (1920-1994) no solo escribía todas las noches de manera insomne poemas, relatos, novelas o ensayos. También escribía cartas, casi todos los días, a amigos, a personas imaginarias. Toda esta profusa correspondencia se reunió en un libro titulado ‘La enfermedad de escribir’ (Anagrama, 2020), que pude adquirir en el jirón Quilca. Allí encontramos descarnadas reflexiones sobre su oficio: “Ni siquiera soy un artista de verdad, verdad, sino una especie de impostor que escribe desde el asco más absoluto. Pero cuando veo lo que escriben los demás, sigo adelante”.

En ese año 1954, año en que está fechada esta carta, el aspirante a escritor no tiene nada que perder. Ha tocado fondo después de una intoxicación alcohólica y lo llevan de emergencia a un hospital de beneficencia para salvarlo de una úlcera sangrante. Escribe sobre esa patética experiencia: “Estoy algo mejor, aunque casi fallecí en el ala para pobres del hospital general (...) Escribí un cuento sobre la experiencia titulado ‘Cerveza, vino, vodka, whisky; vino, vino, vino’ y lo envié a Accent. Lo rechazaron de mala manera, me dijeron que era un auténtico fracaso. Tal vez algún día el gusto de los lectores se pondrá al día”. En el libro del escritor de ‘Cartero’ se mira en un espejo y se analiza. Cuenta sobre sus recaídas aquí por su alcoholismo, la escritura como única alternativa de redención o sobre el desprecio y rechazo de revistas y editores. Pero Hank nunca dejó de luchar. Durante toda su vida. Y además no le faltó sentido del humor, pues otra carta, de febrero de 1955, la termina con jocoso optimismo: “Ya tengo 34 años. Si no triunfo antes de los 60, me daré un plazo de 10 años”.

A medida que pasaban los almanaques, Charles se hace de una fama como poeta. Lo invitan a recitales para que lea sus poemas. A los universitarios y ‘culturosos’ les fascinaba que un tío con la cara destruida por el acné, ebrio, con un cigarro en la boca, declame con voz ronca mientras le ‘mienta la madre’ a los faltosos y ruidosos asistentes. Alguna vez tiró una silla al público y este rugió. Tenía sus seguidores entre los jóvenes por su actitud contestataria. “Moriré incomprendido pero fiel a mí”, escribe en otra carta. Con el escritor sucedió una cosa curiosa. En Estados Unidos es considerado ante todo un poeta, mientras en Europa, España, Francia o Alemania, se rinden ante sus novelas y relatos. Las cartas publicadas consignan reflexiones hasta el final de sus días.

Con 71 años, mantiene un espíritu juvenil y le escribe a su amigo y editor John Martin: “Tengo la sensación de que soy un escritor en ciernes. El entusiasmo y el asombro siguen intactos”. Hay una leyenda, alimentada por el propio escritor, que lo coloca como un hombre solitario, negado para el amor de las mujeres. Sin embargo, el maestro se casó con la escritora y poeta texana Barbara Frye, pero la relación solo duró dos años y se divorciaron. Ella lo atormentaba y dudaba de sus talentos como poeta. Libre, continúa bebiendo y escribiendo poesía. A inicios de los sesenta convive en un miserable hostal en la calle North Mariposa Avenue 1623, con su novia Frances Smith y en 1964 tienen una hija, Marina, pero se separará de Frances. Según el novelista, vivió una gran pasión con una mujer diez años mayor que él, “pero ella murió de alcoholismo agudo a los 48 años”, reveló.

En 1976, ya con una consolidada fama, conoce a la joven Linda Lee Beighle, dueña de un restaurante naturista. Pese a que protagonizaron un video filmado por el cineasta Barbet Schroeder, donde el ‘viejo indecente’ en estado de ebriedad agrede a su joven pareja, ellos estabilizaron su relación y se casaron. Ella vivió con Bukowski los años en que se mudó a Hollywood, donde escribió el guion de ‘Barfly’ (mosca de bar), protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway, con quienes entabló gran amistad. Entre las cartas hay una que escribió cuando tenía 40 años y describe los infames trabajos que desempeñó antes de convertirse en escritor: “Trabajé en un matadero, en una fábrica de alimento para perros, en el Di Pinna’s de Miami, de mecanógrafo en el Item de Nueva Orleans, en un banco de sangre de San Francisco, colgué pósteres en el metro de Nueva York a varios metros bajo tierra, borracho, saltando por entre los rieles dorados, recogí algodón en San Bernardino, tomates; expedidor, camionero, aposté en las carreras de caballos, me senté horas y horas en taburetes de bar en un país aburrido y pendiente de las alarmas...”.

Los últimos años de su vida vivía en el bucólico suburbio de San Pedro, al sur de Los Ángeles, frente al mar Pacífico, en una casa con piscina y jacuzzi, un coche caro, nueve gatos y escribe en una Macintosh. “Cuanto más viejo soy, más escribo”. “Sigue dándole, Hank. Tú has hecho que esta noche sea maravillosa. No pares”. Lamentablemente una leucemia se lo llevó a los 74 años. Pero nadie le quitó lo bailado. Apago el televisor.